La Ley del Silencio

Diego Urdiales en su última actuación en Las Ventas, cuando salió por la Puerta Grande.

EL SENSATO INCONFORMISTA

Por José Carlos Arévalo

La presentación de Manolo Granero fue en Salamanca, en un festival. Y cuando hacía el paseíllo no le conocían ni en Valencia. Al día siguiente era figura de los novilleros. La próxima feria del calendario taurino fue la de Santander, y le añadieron una novillada para que pudiera torear el chaval del barrio de El Pilar. De su actuación en el coso de Cuatro Caminos le salieron 8 contratas seguidas en Barcelona. Corría el año 1919 y la prensa habló más del novillero violinista que de José y Juan.

Cayetano Ordóñez “Niño de la Palma” debutó con caballos en Málaga, el año 1923, le cortó dos orejas a un novillo de Miura y al día siguiente era conocido en toda España. Sus triunfos en Sevilla reforzaron su fama. Ese año fue el novillero más prometedor de la primera fila. Y muy pronto el mismo Juan Belmontele le dio la alernativa.

Joaquín Rodríguez “Cagancho” debutó con picadores en Algeciras el año 1924. Le echaron un novillo al corral, pero cómo torearía el joven gitano de Triana que al día siguiente tenía hechas 50 novilladas. Su inmediato triunfo en Sevilla lo dirigió con paso firme a la alternativa.

Son tres casos paradigmáticos. Pero entonces hubo más, y al mismo nivel, y posicionados con la misma prontitud. Resultaría moroso relacionarlos en estas líneas. ¿Por qué los buenos toreros resplandecían entonces vertiginosamente? ¿Por qué pasaban en un instante del anonimato a la fama, de la escasez a la fortuna? Porque la prensa informaba del toreo, porque los críticos apostaban y los aficionados opinaban. Pero sin información no habría habido opinión.

Sin embargo, no es obligado referirse a tiempos tan lejanos. A finales de los años 40, tras la depresión provocada por la muerte de Manolete, los novilleros interesaron más que los matadores. Claro que estos eran Antonio Ordóñez, Manolo Vázquez, Juan Posada, Antoñete, Julio Aparicio, Miguel Báez “Litri” y, evidente, la novillada prosiguió manteniendo su rango. Por ejemplo, los jueves taurinos de junio, organizados por don Livinio en Madrid, tenían tanta fuerza como la joven Feria de San Isidro. Y la razón era contundente: el periodista taurino no sólo hacía la crítica de corridas, como ahora, sino que dirigía una sección que reporteaba el escalafón, y los lectores u oyentes, no sólo los aficionados, sabían quién era cada novillero incluso antes de que torease en sus respectivas ciudades. Así el caso de Pedrés y Montero, que sin salir de Albacete ya eran famosos en toda España. O la irrupción arrebatadora de Jumillano, que fue figura antes de tomar la alternativa. Y para qué hablar de El Cordobés, el más taquillero de la historia desde que debutó con picadores. O de la media docena de novilladas toreadas de seguido en la Maestranza por José Antonio Campuzano, que conmocionó a Sevilla desde la del debut. En mi caso el semanario “Dígame” y la amplia sección taurina de la “Hoja del Lunes”, de Madrid, me lo contaban todo.

¿Por qué, años más tarde, en las dos décadas finales del siglo pasado y, sobre todo, durante la presente centuria, la prensa dejó de informar sobre el toreo, tan sólo lo hizo de las ferias más importantes, y no de todas? ¿Por qué el periodismo taurino se circunscribió a la reseña crítica, sin entrevistar jamás a los protagonistas de la Fiesta, sin reportear el campo, sin evaluar paso a paso la temporada? Por tres razones:

La primera, por culpa de los líderes de la justiciera crítica taurina de entonces: acertados en su defensa del toro íntegro, demagogos, falaces en casi todo lo demás y con una cultura taurina menos que regular. De hecho crearon una sucia y siniestra imagen de la Fiesta, contraria a una realidad taurina compleja y criticable, pero plena de valores. En realidad si el diario El País cerró la información taurina en su edición impresa no hizo sino ser consecuente con lo que durante años había escrito su crítico, Joaquín Vidal.

La segunda, por la subterránea, misteriosamente financiada campaña de antitaurinos y animalistas, de cuya eficacia fui testigo cuando trabajé en Televisión Española. Sin ir más lejos, la desaparición de la transmisión de corridas que tantos aficionados hizo, supuestamente por coincidir con horarios infantiles -dicho sea de paso, sin que nadie demostrara que los niños españoles habían sido deformados moralmente por dichos programas- birló al resto de los televidentes las corridas de toros, que es de lo que se trataba.

Y la tercera, porque el Sector Taurino nunca ha existido organizado como tal, y, por supuesto, menos una oficina de comunicación de la Fiesta que establezca una relación profesional con los medios y divulgativa con la sociedad. No para manipular la información, sino para aportar la inmensa cantidad de hechos noticiables que permanecen ocultos desde hace años, no porque nadie los oculte, sino porque revelarlos resultaría sospechoso. Pasiones como las de don Modesto por Bombita, Corrochano por Joselito, Curro Meloja por Antonio Bienvenida o Don Antonio por Antonio Ordóñez, que dieron vida al periodismo taurino, hoy resultarían intolerables y hábilmente censuradas.

El gran causante de la desaparición del torero como personaje popular es la fantasmagórica pero real Ley del Silencio. Fantasmal porque nunca se planteó ni fue legislada, y real porque es obedecida como si existiera. Si ahora la traigo a colación es para afirmar que su influjo persiste en gran parte de la sociedad española y por tanto en los medios informativos. Y sus más tangibles consecuencias son una nociva libertad de programación de los empresarios que, sin la presión de una opinión pública taurina, antaño canalizada por la crítica, hoy les deja las manos libres al servicio de sus más conservadores y chatos intereses: intercambio de toreros apoderados por otros empresarios, injusta marginación de otros toreros no amparados por ellos, y con respecto al toro, una consentida falta de criterio sobre el que demanda cada plaza.

Pero la pérdida más significativa provocada por la ocultación mediática de la Fiesta es la desaparición del “Torero Novedad”, figura que revitalizaba todas las temporadas y renovaba el interés de las ferias. Hoy, todos los años, hay más de un par de diestros que merecerían ocupar tan ilusionante puesto. No pueden lograrlo porque en su día sus éxitos no tuvieron la cobertura informativa de antaño. Ahora se quedan en casa a verlas venir.

Pensé en estas cosas cuando empezó la temporada. Me vinieron a la mente los debuts fulgurantes con que empiezo este artículo. Pero podría citar también los de Antonio Márquez, Manolito “Litri” y, por qué no, el de Belmonte en Madrid, que con seis verónicas ligadas sin enmienda cambió el toreo y mereció el inmediato homenaje de artistas e intelectuales, acto que significó la aceptación del toreo por la alta cultura española. Habían interpretado el belmontismo como una vanguardia más de las que a principios del siglo XX sacudieron todas las artes. Y mi reflexión sobre la Ley del Silencio que invisibiliza al toreo la motivó la mejor faena que he visto este año, con raptos de toreo excepcional. La hizo un novillero primerizo, Samuel Castrejón. Le pusieron bien, burocráticamente bien. Creo que ha toreado un par de veces. Demoledor.

Hace algunas temporadas me llamó la atención un torero muy bueno de Almería. Se llama Jorge Martínez y está sentado en su casa. La mejor faena y el mejor toreo que he visto en las últimas décadas la hizo y lo hizo Juan Ortega, el año pasado, en Aranjuez. Le pusieron bien, pero su toreo, histórico, no pasó a la historia porque aquí nadie se entera o nadie se moja. Diego Urdiales, que es el torero que mejor torea de todo el escalafón -¿por qué no?- y este año ha sido el auténtico triunfador de San Isidro, pues nada, seguirá toreando unas poquitas, y gracias. ¿Su osadía? Que no le apodera una empresa. ¿Su derrota? El silencio de los Medios. La lidia más completa de los últimos tiempos la hizo Pablo Aguado este año, también en Aranjuez: excelso en el toreo a la verónica, brillante y variado en banderillas, deslumbrante en un faenón de época y en un volapié que ni Costillares. Le dieron el rabo. Le pusieron bien, pero nadie subrayó la excepcionalidad de lo sucedido. Los mejores lances y los mejores muletazos de San Isidro -con los de Urdiales- los dio un novillero, Emiliano Osornio. Pero como se trata de un novillero desconocido, pocos doctores se dieron cuenta o no se atrevieron a darse cuenta.

Tampoco ningún periodista taurino osa preguntar por qué Aarón Palacios, novillero arrollador y matador que triunfa en todas sus comparecencias, torea tan poco. ¿Será porque le lleva un apoderado independiente y que, supongo, pide dinero y respeto, esas cosas tan desagradables? O quizá sea que uno está desfasado y se cabrea por todo. Por ejemplo, con la Copa Chenel. ¿Por qué no llegó a la final Javier Cortés? A ver quién tiene la cara de explicarlo. ¿O por qué no estuvo en la final Mario Navas, que mostró un nivel torero fuera de lo común? Menos mal que Hector Gutierrez ganó la Copa Chenel, toda una revelación. Por cierto, me decepcionó la afición de Madrid. Su deslumbrante faena a un sosísimo y bovísimo toro de Capea fue una excelsa faena, increíble, bellísima, a un toro que no embestía, que solo pasaba como un sonámbulo. No entiendo por qué no pidió la oreja. Una cosa es ser exigente y otra ser exigente por no darse ni cuenta.

Y me paro. Desahogado por haber transgredido la Ley del Silencio e insatisfecho por no haber explicado las causas de su existencia. Será el próximo día. Y lo haré sin que me atenace el pesimismo. Porque la Fiesta vive una realidad paradójica. Por un lado, indiferencia de buena parte de la sociedad, que no sabe, no contesta y una ILP contra la tauromaquia reincidente y torva. Por otro, un torero genial, Morante de la Puebla, que acompañado por una buenísima primera fila, ha colocado a esta época taurina a la altura de sus mejores tiempos.

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